sábado, 21 de noviembre de 2015

“Mi reino no es de este mundo”

Solemnidad de Cristo Rey – Ciclo B (Juan 18, 33b-37) – 22 de noviembre de 2015



Hace varios años en un pueblo de la Guajira, zona apartada y semidesértica del norte colombiano, un compañero jesuita en formación vivió una situación que todavía me causa escalofrío cuando la recuerdo. Resulta que había varios jesuitas trabajando en la región y en una Semana Santa fuimos a colaborar en varios caseríos y pueblos de una de las parroquias que estaban a cargo de los jesuitas. Cada uno de los estudiantes de filosofía fuimos enviados a sitios distintos. Todos encontramos comunidades más o menos acogedoras y dispuestas a celebrar los días santos con más o menos entusiasmo. Sin embargo, en uno de los pueblos, la apatía se sentía en el ambiente y era fácil predecir que no habría mucha asistencia a las celebraciones, sobre todo porque no iban a contar con sacerdotes sino con seminaristas inexpertos que venían del interior del país.

En medio de este contexto, mi compañero se pasó los primeros días motivando a la población para la participación en las fiestas de la Semana Mayor. Aparentemente iría poca gente, pero él estaba seguro que algunos asistirían. Lo cierto fue que el Viernes santo, a las diez de la mañana, cuando se supone que comenzaba el Via Crucis, no llegó nadie. El día anterior había encargados para cada una de las catorce estaciones y los niños habían prometido que asistirían. Diez y media, y no llegaba nadie. Ni siquiera el sacristán apareció por ninguna parte... Ya desesperado, mi compañero decidió salir él solo, cargando con la cruz que habían preparado para que fuera llevada por grupos de una estación a otra. A las once y media de la mañana, cuando ya estaba saliendo con el alba puesta y la cruz a cuestas, llegó el sacristán completamente borracho, dispuesto a acompañar al padrecito en la procesión por todo el pueblo. En medio de un silencio canicular, como el sol que caía sobre las calles polvorientas de este pueblo perdido de nuestra geografía, mi compañero fue recorriendo todas y cada una de las estaciones del Via Crucis, escoltado por un borracho que apenas se sostenía en su vaivén embriagado...

Cuenta mi compañero que cuando pasaba por el frente de las tiendas o de las casas de familia donde estaban los pobladores esperando que fuera la hora del almuerzo, todos se quedaban mirándolo completamente absortos por el espectáculo tan ridículo que estaban presenciando. Creo que si García Márquez se hubiera enterado de esta historia, hubiera escrito una novela más de su colección de realismo mágico que no es superado sino por la realidad cotidiana de estos queridos pueblos de nuestra querida Colombia.

Imagino a Jesús, fatigado y demacrado, después de una noche de torturas e interrogatorios, delante del Gobernador romano en todo su esplendor, discutiendo si él era el Rey de los judíos y si venía en nombre propio o en nombre de Dios a decir la verdad. Jesús tiene que dejarle claro a Pilato: “– Mi reino no es de este mundo. Si lo fuera, tendría gente a mi servicio que pelearía para que yo no fuera entregado a los judíos. Pero mi reino no es de aquí”. Jesús sabe que es rey, pero su reinado consiste en decir la verdad: “Y todos los que pertenecen a la verdad, me escuchan”. Al celebrar esta Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo, nos comprometemos con la verdad que él representa, aunque hagamos el ridículo, como mi compañero en aquel pueblo perdido de la Guajira colombiana.

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

domingo, 15 de noviembre de 2015

LA FRASE DE LA SEMANA

CORRESPONDIENTE AL EVANGELIO DE HOY PARA REFLEXIONAR TODA LA SEMANA


PARA VER EL EVANGELIO COMPLETO CLIC AQUÍ: Mc. 13, 24-32

jueves, 12 de noviembre de 2015

¡Atrévete...!

Les compartimos la Conferencia:

"Atrévete, Propuesta Hereje contra la Violencia en México", por la Dra Sara Sefchovich, 
del 11 de Novoviembre, 




¿Qué te parece? ¿Qué pudieras hacer al respecto? ¿A quién le puedes compartir esto?

domingo, 8 de noviembre de 2015

LA FRASE DE LA SEMANA

CORRESPONDIENTE AL EVANGELIO DE HOY PARA REFLEXIONAR TODA LA SEMANA



PARA VER EL EVANGELIO COMPLETO CLIC AQUÍ: Mc. 12,38-44

“(...) ella, en su pobreza ha dado todo lo que tenía para vivir”

Domingo XXXII del tiempo ordinario – Ciclo B (Marcos 12, 38-44) – 8 de noviembre de 2015


En la revista Vida Nueva – España, se publicó hace algunos años, una historia parecida a la siguiente: Ocurrió en un restaurante de autoservicio de Suiza. Una señora de unos 75 años coge un tazón y le pide al camarero que se lo llene de caldo. A continuación se sienta en una de las mesas del local. Apenas sentada se da cuenta que ha olvidado el pan. Se levanta, se dirige a coger un pan para comerlo con el caldo y vuelve a su sitio. ¡Sorpresa! Delante del tazón de caldo se encuentra, sin inmutarse, un hombre de color. Un negro comiendo tranquilamente.

"¡Esto es el colmo, –  piensa la señora –, pero no me dejaré robar!" Dicho y hecho. Se sienta al lado del negro, parte el pan en pedazos, los mete en el tazón que está delante del negro y coloca la cuchara en el recipiente. El negro, complaciente, sonríe. Toman una cucharada cada uno hasta terminar la sopa, todo ello en silencio. Terminada la sopa, el hombre de color se levanta, se acerca a la barra y vuelve poco después con un abundante plato de espagueti y... dos tenedores. Comen los dos del mismo plato, en silencio, turnándose. Al final se despiden. "¡Hasta la vista!", dice el hombre, reflejando una sonrisa en sus ojos. Parece satisfecho por haber realizado una buena acción. "¡Hasta la vista!", responde la mujer, mientras ve que el hombre se aleja.

La mujer le sigue con una mirada reflexiva. "¡Qué situación más rara! El hombre no se inmutó". Una vez vencido su estupor, busca con su mano el bolso que había colgado en el respaldo de la silla. Pero, ¡sorpresa!, el bolso ha desaparecido. Entonces... aquel negro... Iba a gritar "¡Al ladrón!" cuando, al mirar hacia atrás, para pedir ayuda, ve su bolso colgado de una silla, dos mesas más allá de donde estaba ella. Y, sobre la mesa, una bandeja con un tazón de caldo ya frío...

Cuántas veces hemos juzgado mal a personas que consideramos peligrosas. Este hombre no tuvo ningún reparo en compartir su alimento con una señora mayor que se empeñó en que ese era su tazón de caldo. Y no sólo compartió con ella el caldo, sino también el plato de espagueti. A lo mejor era ‘todo lo que tenía para vivir’ y sin embargo, lo comparte con toda naturalidad, convencido de que la señora está pasando un mal momento y no tiene nada para comer.

Llama la atención en este texto del evangelio de san Marcos, que Jesús tiene una mirada contemplativa sobre la realidad, y de la entraña de esta misma realidad, va extrayendo su sabiduría. No está en otra parte el saber de Dios. “Jesús estaba una vez sentado frente a los cofres de las ofrendas, mirando cómo la gente echaba dinero en ellos”. San Marcos no dice que Jesús pasaba por allí o que estaba orando y vio esta escena... Dice explícitamente que Jesús estaba allí mirando cómo la gente echaba dinero en los cofres de las ofrendas. Seguramente ninguno de nosotros ha hecho esto nunca. Y buena falta que nos haría. Mirar la vida, mirar lo que pasa a nuestro alrededor, sería la mejor manera de aprender sobre los secretos del reino que están ocultos para los sabios y entendidos, pero se revelan, de una manera sorprendente, a los de corazón sencillo.

Por eso el Señor advertía contra las enseñanzas de los sabios de su tiempo: “Cuídense de los maestros de la ley, pues les gusta andar con ropas largas y que los saluden con todo respeto en las plazas. Buscan los asientos de honor en las sinagogas y los mejores lugares en las comidas; y despojan de sus bienes a las viudas, y para disimularlo hacen largas oraciones. Ellos recibirán mayor castigo”. La sabiduría del Señor era completamente distinta. No para recibir honores y alabanzas de la gente, sino para desentrañar los secretos del reino que están escondidos entre la vida de la gente sencilla. Pidamos al Señor que sepamos descubrir sus secretos en medio de la vida de los pobres que son capaces de compartir aún lo poco que tienen para vivir.

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

domingo, 1 de noviembre de 2015

LA FRASE DE LA SEMANA

CORRESPONDIENTE AL EVANGELIO DE HOY PARA REFLEXIONAR TODA LA SEMANA


 PARA VER EL EVANGELIO COMPLETO CLIC AQUI: Mt. 5,1-12

“Alégrense, estén contentos, porque van a recibir un gran premio en el cielo”

Domingo XXXI del tiempo ordinario – Ciclo B (Mateo 5, 1-12ª) – 1 de diciembre de 2015

Para celebrar la fiesta de todos los santos, la Iglesia nos propone la meditación de las Bienaventuranzas que nos ofrece el Señor a través del evangelio de san Mateo. Todo un programa de santidad que nos desborda, pero nos mantiene en movimiento hacia Dios. En un documento del Papa Juan Pablo II sobre la Iglesia en América, encontramos una definición de la santidad que me parece que nos puede iluminar hoy:

“En el camino de la santidad, Jesucristo es el punto de referencia y el modelo a imitar: Él es «el Santo de Dios y fue reconocido como tal (cf. Mc 2, 24). El mismo nos enseña que el corazón de la santidad es el amor, que conduce incluso a dar la vida por los otros (cf. Jn 15, 13). Por ello, imitar la santidad de Dios, tal y como se ha manifestado en Jesucristo, su Hijo, no es otra cosa que prolongar su amor en la historia, especialmente con respecto a los pobres, enfermos e indigentes (cf. Lc 10, 25ss)» (Ecclesia in America, No. 30)

El corazón de la santidad es el amor, que conduce a dar la vida por los demás, como el mismo Cristo dio su vida por nosotros. Esto significa, prolongar su amor en la historia, especialmente hacia los más desfavorecidos de nuestra sociedad. Esta es la santidad a la que nos llama hoy la Iglesia. No una santidad de encierro ni de un sacrificio estéril, sino capaz de engendrar vida a su alrededor. Los santos que reconocemos hoy están atravesados de heridas, pero no por el resultado de la autoflagelación, sino porque en el dinamismo que los lleva a salir de sí mismos, se van haciendo flecos por amor.

En este sentido, la frase del evangelio que encabeza esta reflexión, no es una excusa barata para resignarnos a los padecimientos de esta vida, con la esperanza de alcanzar un premio en la otra, como muchas veces se ha utilizado de una forma alienante. El gran premio del cielo comienza aquí en esta tierra. Tiene que comenzar, porque el reino les pertenece, porque recibirán consuelo, porque recibirán la tierra que Dios les ha prometido, porque quedarán saciados, porque alcanzarán misericordia, porque verán a Dios, porque serán llamados hijos de Dios... En una palabra, porque serán santos, como Dios mismo es santo.

La pregunta que nos debería asaltar en esta festividad, es si ya estamos comenzando a participar de esta experiencia de despojo y, por tanto, de santidad, con la que Dios quiere bautizar a todos sus hijos e hijas. Preguntarnos si estamos convencidos de lo que repetimos en la primera plegaria eucarística sobre la reconciliación: “Oh Dios que desde el principio del mundo haces cuanto nos conviene para que seamos santos como tu mismo eres santo...”. Dios está haciéndonos santos cada día y a cada instante. Por eso, terminamos pidiendo, con la plegaria citada: “Ayúdanos a preparar la venida de tu reino, hasta la hora en que nos presentemos ante ti, santos entre los santos del cielo...”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.