PARA VER LA HOMILÍA CLIC AQUÍ: Jn 6, 60-69
domingo, 26 de agosto de 2018
sábado, 25 de agosto de 2018
“¿También ustedes quieren irse?”
Domingo XXI del tiempo ordinario – Ciclo B (Juan 6, 60-69) – 26 de agosto de 2018
Hermann Rodríguez Osorio, S.J.
Entre los años 73 y 71 antes de Cristo se desarrolló una lucha entre un inmenso ejército de esclavos, liderados por Espartaco, contra el Imperio romano, que ha sido reseñada por la historia como la Guerra de los Esclavos, o la Guerra de los Gladiadores. No son muchos los datos que se conservan de la vida de Espartaco. Sabemos que era originario de la Tracia y que militó en las tropas auxiliares romanas. Su deserción le llevó a la esclavitud, siendo destinado a ser gladiador debido a su fuerza física. En el año 73 a.C. está en una escuela de gladiadores en Capua donde unos 200 gladiadores organizaron un complot durante el verano. Los conspiradores fueron descubiertos pero un grupo de 70 consiguió alejarse de la ciudad bajo la dirección de Espartaco y algunos más.
Poco a poco, Espartaco logró organizar un ejército formado por unos 100.000 hombres y se dirigió al norte de la península con el fin de abandonar Italia y recuperar la libertad. Entre los propios esclavos empezaron a surgir desacuerdos, lo que favoreció que las tropas romanas obtuvieran algunas victorias. Espartaco y sus seguidores alcanzaron la Galia Cisalpina pero en ese momento regresaron a Roma. En Lucania el ejército esclavo fue cercado por las tropas del pretor Marco Licinio Craso ya que la posibilidad de pasar a Sicilia fracasó porque los piratas contratados para el transporte traicionaron a Espartaco. En el año 71 a.C. se produjo el último enfrentamiento en Silaro, después del cual murieron crucificados unos 60.000 esclavos, entre ellos Espartaco.
En el año 1960 se produjo una película que recoge esta historia de luchas y fracasos bajo la dirección deStanley Kubrick y con Kirk Douglas como protagonista. En 1961, la cinta ganó cuatro premios Oscar de la Academia. La última parte de la película presenta la lucha encarnizada entre dos fuerzas desiguales: Un ejército romano muy bien organizado y un ejército de esclavos luchando con pasión por su libertad, pero sin los recursos necesarios para triunfar. Finalmente, el ejército romano busca entre los prisioneros de guerra al jefe de esta rebelión. Delante de los esclavos vencidos, un oficial romano pregunta: “¿Quién de ustedes es Espartaco?” Cuando Espartaco está a punto de levantarse para dar la cara al enemigo, aparece la mítica secuencia donde los esclavos que han sobrevivido comienzan a ponerse en pie para repetir, uno a uno, "Yo soy Espartaco", con el fin de proteger a su líder.
Cuando Jesús propuso su proyecto a sus seguidores, muchos se sintieron desanimados y se dijeron: “Esto que dice es muy difícil de aceptar; ¿quién puede hacerle caso?” Y por esto, “muchos de los que habían seguido a Jesús lo dejaron, y ya no andaban con él. Jesús les preguntó a los doce discípulos: ¿También ustedes quieren irse? Simón Pedro le contestó: – Señor, ¿a quién podemos ir? Tus palabras son palabras de vida eterna. Nosotros ya hemos creído, y sabemos que tú eres el Santo de Dios”. La invitación de Jesús no es fácil y muchas veces tendremos deseos de volver atrás. En los momentos más difíciles de nuestra propia vida, necesitaremos llenarnos de valor para responder, como Pedro, “Señor, ¿a quién podemos ir? Tu tienes palabras de vida eterna”; o, como los compañeros de luchas de Espartaco, levantarnos para decir ante el mundo, “Yo soy Espartaco”, y dar la cara por nuestro Señor.
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domingo, 19 de agosto de 2018
LA FRASE DE LA SEMANA
CORRESPONDIENTE AL EVANGELIO DE HOY PARA REFLEXIONAR TODA LA SEMANA
PARA VER LA HOMILÍA CLIC AQUÍ: Jn 6, 51-59
“(...) el que come de este pan, vivirá para siempre”
Domingo XX del tiempo ordinario – Ciclo B (Juan 6, 51-58) – 19 de agosto de 2018
Hermann Rodríguez Osorio, S.J.
Hace algunos años visité, en la república de El Salvador, a una religiosa colombiana que trabaja en medio de una comunidad popular, a las afueras de San Salvador. Visité en su compañía muchas familias campesinas en el cantón El Limón. En un momento del recorrido, llegamos a la casa de un señor que estaba golpeando con un garrote un costal repleto de mazorcas, con el fin de desgranarlas. Cuando el hombre vio que llegaba la hermanita con un acompañante que no conocía, se sintió muy mal y nos pidió excusas por estar haciendo lo que estaba haciendo... Cuando supo que yo era sacerdote, más avergonzado lo percibí.... pero yo me quedé sin entender qué pasaba. Después de dejar su casa, la hermana me comentó que el señor se había sentido mal porque lo habíamos sorprendido golpeando el maíz, cosa que es considerada como una ofensa a un ser vivo, casi personal. El maíz, para los pueblos mexicanos y mesoamericanos es base del sustento, elemento central de la economía, y parte esencial de su relación con lo sagrado.
Un fragmento del Popol Vuh, libro venerado por el pueblo maya, dice lo siguiente: "A continuación entraron en pláticas acerca de la creación y la formación de nuestra primera madre y padre. De maíz amarillo y de maíz blanco se hizo su carne; de masa de maíz se hicieron los brazos y las piernas del hombre. Únicamente masa de maíz entró en la carne de nuestros padres, los cuatro hombres que fueron creados". Esta manera de entender la creación del hombre y la mujer, que proceden del maíz, explica la reverencia con la que los campesinos centroamericanos tratan este producto de la tierra. Entre los pueblos suramericanos existe una concepción similar y un respeto tan arraigado como el que se vive entre los descendientes de los mayas.
Tal vez esta concepción del maíz nos ayude a entender lo que quiso enseñarnos Jesús cuando le decía sus oyentes: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que come de este pan, vivirá para siempre. El pan que yo daré es mi propia carne. Lo daré por la vida del mundo”. El discurso sobre el pan de la vida, como se conoce este fragmento del evangelio según san Juan que hemos ido leyendo durante los últimos domingos, resalta el valor de la entrega de Jesús a su pueblo, simbolizado en el pan eucarístico que compartimos en la mesa de la fraternidad. No se trata simplemente del pan como alimento que sustenta la vida, sino del pan hecho entrega hasta la muerte, para la vida del mundo.
Por esto, más adelante, el Señor insiste: “Les aseguro que si ustedes no comen la carne del Hijo del hombre y beben su sangre, no tendrán vida. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo lo resucitaré en el día último. Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, vive unido a mí, y yo vivo unido a él. El Padre, que me ha enviado, tiene vida, y yo vivo por él; de la misma manera, el que se alimenta de mí, vivirá por mí”. Cuando participamos de la comunión y recibimos el cuerpo del Señor en la eucaristía, nos unimos a él en esta entrega para la vida del mundo. El pan eucarístico es sagrado porque es el pan de la vida y el pan de la entrega, que nos comunica la misma vida de Dios.
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domingo, 12 de agosto de 2018
LA FRASE DE LA SEMANA
CORRESPONDIENTE AL EVANGELIO DE HOY PARA REFLEXIONAR TODA LA SEMANA
PARA VER LA HOMILÍA CLIC AQUÍ: Jn 6, 41-51
“Nadie puede venir a mi si no lo trae el Padre”
Domingo XIX del tiempo ordinario – Ciclo B (Juan 6, 41-51) – 12 de agosto de 2018
Hermann Rodríguez Osorio, S.J.
Una de las experiencias más dolorosas en la vida es la de sentirse perdidos. Tal vez recordemos en nuestra propia historia personal, alguna situación en la que nos hayamos sentido despistados, abandonados, extraviados... No sólometafóricamente perdidos sino, efectivamente, sin saber dónde está el norte, dónde están nuestras seguridades, nuestro rumbo, las personas que amamos y necesitamos para tener tranquilidad.. No hay cosa que asuste más a un niño que sentirse perdido. ¿Cuántas veces no nos hemos perdido siendo niños? Nos soltamos un momento de la mano de la mamá o del papá y, de repente, nos damos cuenta de que estamos solos y asustados. No conocemos a nadie en medio de la plaza del pueblo, abarrotada de gente; nos sentimos solos en el mercado por el que van y vienen compradores y vendedores sin concierto; nos asustan, en el gran almacén, las aglomeraciones anónimas que nos ignoran... ¡Menudo susto nos llevamos! Se nos perdió el puerto seguro, el ancla que nos mantenía atados a la historia, al pasado, al futuro y, sobre todo, al presente. Nos sentimos dando vueltas alrededor de lo mismo. Quedamos como volador sin palo, según el decir popular.
Cuando nos sentimos así, comenzamos a buscar desesperadamente un rastro de la persona o de alguna cosa que nos devuelva la tranquilidad y la seguridad. Pero, normalmente, existe una relación proporcional entre nuestra desesperación y la oscuridad que vamos sintiendo en nuestro reducido horizonte. Se cierran las ventanas de los sentidos y, a veces, no percibimos ni lo que es evidente ante nuestros ojos; de tal manera nos embotamos que ni siquiera oímos los llamados que nos hacen a través de los altavoces... Los minutos parecen horas y las horas, siglos... Tratamos de mantener la calma, pero no podemos; nos gana la confusión y perdemos del todo la paz interior. ¿Dónde buscar? ¿A quién pedir ayuda? ¿Cómo resolver esta situación? ¿Dónde se nos perdió el rastro?
Cuando un niño se pierde, tal vez lo peor que puede hacer es ponerse a buscar por sí mismo una salida del laberinto en el que se encuentra. Creo que le iría mejor si se tranquilizara y se dejara buscar por los mayores que, con mucha seguridad, estarán escudriñando por todas partes, con preocupación, tras su rastro. No parece una postura muy proactiva, pero si el niño se mueve mucho de sitio, es factible que termine jugando a las escondidas con los que lo están buscando. Por eso, lo más sencillo parece ser que el niño deje de buscar y más bien ‘se deje encontrar’. Esa persona que lo ama y lo extraña, no descansará hasta encontrarlo, para llevarlo a un lugar tranquilo donde pueda reposar y recuperarse del susto que ha tenido.
De estas cosas estaba hablando Jesús cuando dijo: “Nadie puede venir a mí, si no lo trae el Padre, que me ha enviado”. Cuando nos perdemos por los caminos de nuestras vidas, no es fácil que volvamos a recuperar el rastro de Dios por nuestra propia iniciativa. Entre más buscamos y entre más desesperados estamos, se va haciendo más difícil encontrar la salida de nuestro propio laberinto interior. Por eso, sin llamar a una pasividad resignada, es importante recordar que el camino que nos conduce hasta Dios, supone una cierta actividad pasiva de dejarse encontrar por aquel que nos ama y que no descansará hasta encontrarnos, para llevarnos a un lugar tranquilo, junto a Él.
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domingo, 5 de agosto de 2018
LA FRASE DE LA SEMANA
CORRESPONDIENTE AL EVANGELIO DE HOY PARA REFLEXIONAR TODA LA SEMANA
PARA VER LA HOMILÍA CLIC AQUÍ: Jn. 6, 24-35
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