sábado, 16 de noviembre de 2013

XLVI Asamblea Nacional UN CUERPO

Integrando un Cuerpo, conociendo los diversos miembros: por Nombre, Edad, Tiempo en CVX, Compromiso en CVX



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XLVI Asamblea Nacional BIENVENIDA

Sábado 16 de noviembre

Iniciamos con la presentación de asistentes y regiones...



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jueves, 14 de noviembre de 2013

¿Cuál será la señal de que estas cosas ya están a punto de suceder?

Domingo Ordinario XXXIII – Ciclo C (Lucas 21, 5-19) 17 de noviembre de 2013


En el último “Encuentro con la Palabra”, comentábamos cómo la vida es el lugar privilegiado en el que se nos revela el rostro de Dios. El Señor no es Dios de muertos, sino de vivos... y es en la vida donde nos comunica su proyecto. Por tanto, los cristianos no tenemos que consultar, como los griegos, el oráculo de los dioses, o como los asirios, las estrellas (astrología), o leer la mano, o el cigarrillo, etc. Para consultar lo que Dios quiere en nuestra vida personal, comunitaria y social, sólo tenemos que abrir los ojos y mirar... No negar la realidad, no traicionarla ni mentirnos acerca de ella. No ser como el avestruz que piensa que porque deja de mirar la realidad, metiendo la cabeza entre la arena, va a desaparecer el cazador. No se trata, pues, de difíciles jeroglíficos y adivinanzas; es sencilla; pero a veces las cosas son tan sencillas, que no las vemos; son tan simples, y tan cotidianas, que no les prestamos atención; por eso es fundamental tener ojos limpios y mirar sin miedo la realidad. Por algo Jesús, en un momento de inspiración y “lleno de alegría por el Espíritu Santo, dijo: ’Te alabo Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has mostrado a los sencillos las cosas que escondiste a los sabios y entendidos. Sí, Padre, porque así lo has querido” (Lucas 10,21).

Esta fue la actitud fundamental de Jesús. Tener los ojos abiertos ante la realidad, ante las cosas sencillas de cada día, en las que descubría los planes de su Padre Dios. Jesús aprendió lo que aprendió sobre el Reino de Dios, mirando su vida y la vida de su pueblo. Sólo tomando el Evangelio de san Mateo, podemos llegar a una lista como la siguiente; Jesús habla allí de pan, sal, luz, lámparas, cajones, polillas, ladrones, aves, graneros, flores, hierba, paja, vigas, troncos, perros, perlas, cerdos, piedras, culebras, pescados, puertas, caminos, ovejas, uvas, espinos, higos, cardos, fuego, casas, rocas, arena, lluvia, ríos, vientos, zorras, madrigueras, aves, nidos, médicos, enfermos, bodas, vestidos, telas, remiendos, vino, cueros, odres, cosechas, trabajadores, oro, plata, cobre, bolsa, ropa, sandalias, bastones, polvo, pies, lobos, serpientes, palomas, azoteas, pajarillos, monedas, cabellos, árboles, frutos, víboras, sembrador, semilla, sol, raíz, granos, oídos, cizaña, trigo, granero, mostaza, huerto, plantas, ramas, levadura, harina, masa, tesoros, comerciantes, redes, mar, playas, canastas, hornos, boca, planta, raíz, ciegos, hoyos, vientre, cielo, niños, piedra de molino, mano, pie, manco, cojos, reyes, funcionarios, esclavos, cárceles, camellos, agujas, viñedos, cercos, torres, lagar, terreno, labradores, fiestas, invitados, criados, reses, menta, anís, comino, mosquito, vasos, platos copas, sepulcros, gallinas, pollitos, higueras, vírgenes, aceite, dinero, banco, pastor, cabras...Y, así, podríamos seguir.

En estos elementos tan sencillos, descubrió Jesús lo que Dios le pedía y lo que Dios quería hacer con él y con toda la humanidad. No se trata de ver cosas distintas, nuevas, sino de mirar lo mismo, pero con unos ojos nuevos: “Pero Yahveh dijo a Samuel: (...) La mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira las apariencias, pero Yahveh mira el corazón» (1 Sam. 16, 7). Esta manera de mirar es lo que caracteriza a los profetas; una mirada que no es propiamente la del turista. Esta es la respuesta para la pregunta que le hacen al Señor en el evangelio de hoy:¿Cuál será la señal de que estas cosas ya están a punto de suceder? Ahí están. Sólo tenemos que abrir los ojos y mirar...


Un saludo cordial.
 
Hermann Rodríguez Osorio, S.J.
Decano Académico
Facultad de Teología
Pontificia Universidad Javeriana

domingo, 10 de noviembre de 2013

LA FRASE DE LA SEMANA

AQUÍ ESTA LA FRASE DEL EVANGELIO DE HOY PARA REFLEXIONAR TODA LA SEMANA


PARA VER EL EVANGELIO COMPLETO CLIC AQUÍ: Lc. 20, 27-38
SALUDOS

sábado, 9 de noviembre de 2013

¡Y él no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para él todos están vivos!

 Domingo Ordinario XXXII – Ciclo C (Lucas 20, 27-38) 10 de noviembre de 2013

Hace algunos días me preguntaron, sin muchos preámbulos, cuáles podrían ser las dimensiones fundamentales de una espiritualidad que pudiera responder al mundo de hoy. Una pregunta aparentemente sencilla pero, al mismo tiempo, llena de profundidad. Respondí, rápidamente y sin pensar mucho: «Una espiritualidad que quiera responder a nuestra realidad tiene que tener los ojos bien abiertos ante la vida, para contemplar a Dios creador en medio de nuestra historia, debe recurrir siempre a la luz que ofrece la Palabra de Dios para discernir sus caminos y nos debe lanzar a la construcción de la comunidad cristiana en todos sus niveles».

Las tres dimensiones que aparecieron en esta primera respuesta espontánea, están muy conectadas entre sí y constituyen una unidad dinámica que considero muy cercana a la vida misma de Dios. Una espiritualidad no es otra cosa que una dinámica vital que nos pone en sintonía con Dios y nos hace obrar según el Espíritu de Dios. Por tanto, no es algo gaseoso,abstractoelevadodesencarnado. Una espiritualidad es un estilo de vida que se puede ver y comprobar en obras muy concretas.

La participación del cristiano en la vida de Dios, que es lo que llamamos espiritualidad, hace que la persona entre en la dinámica vital propia de Dios uno y trino. La dinámica que se establece constantemente entre el Padre creador que se revela en la historia; el Hijo de Dios encarnado en la persona de Jesús; y el Espíritu Santo que sigue actuando en medio de nosotros para impulsarnos a construir una comunidad de amor. San Agustín, decía que Dios ha escrito dos libros; el primero y más importante es el libro de la vida, el libro de la historia que comenzó a escribir en los orígenes de los tiempos y que sigue escribiendo hoy con cada uno de nosotros; pero como fuimos incapaces de leer en este libro sus designios, Dios escribió un segundo libro, sacado del primero; este segundo libro es la Biblia; pero la primera Revelación está en la Historia, en la vida, en los acontecimientos de cada día: tanto en la vida personal, como grupal, comunitaria, social, política, etc...

Esta es la razón por la que la primera dimensión de una espiritualidad hoy es mirar la vida. Allí nos encontramos con lo que Dios quiere de nosotros; allí podemos descubrir lo que Dios está tratando de construir. Se trata de percibir la música de Dios, para cantar y bailar a su ritmo, para dejarnos invadir por su fuerza creadora. Es como entrar a un río y percibir hacia dónde va la corriente y dejarnos llevar por ella.

Esto es lo que Jesús quería comunicar cuando los saduceos, que negaban la resurrección de los muertos, le propusieron esa difícil pregunta sobre cuál de los siete hermanos, que estuvieron casados sucesivamente con una mujer, sería su esposo en la resurrección de los muertos... “El Señor es el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. ¡Y él no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para él todos están vivos!”. El Dios en el que creemos, por Jesucristo, es el Dios de la vida, que se revela en los acontecimientos cotidianos que muchas veces despreciamos porque no parecen revelarnos el rostro de Dios. Cuidemos que nuestra espiritualidad no se convierta en una serie de complicadas elucubraciones, que nos distraen de lo verdaderamente importante.


Un saludo cordial.

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.
Decano Académico
Facultad de Teología
Pontificia Universidad Javeriana

domingo, 3 de noviembre de 2013

LA FRASE DE LA SEMANA

AQUÍ ESTA LA FRASE DEL EVANGELIO DE HOY PARA REFLEXIONAR TODA LA SEMANA
PARA VER EL EVANGELIO COMPLETO CLIC AQUÍ: Lc. 19, 1-10
SALUDOS

“(...) hoy tengo que quedarme en tu casa”

Domingo Ordinario XXXI – Ciclo C (Lucas 19, 1-10) 3 de noviembre de 2013

  

En uno de los programas de la serie radiofónica ‘Un tal Jesús’, se dice que Jesús le contó esta historia a sus discípulos: Había una vez un pastor que tenía cien ovejas. Una de ellas tenía una pata coja y siempre iba retrasada. Un día, el pastor llegó ya tarde a su casa y comenzó a contar a las ovejas para saber si todas estaban a salvo. Las fue contando a medida que iban entrando al corral. Su sorpresa fue grande cuando se dio cuenta de que sólo había noventa y nueve ovejas; de modo que volvió a contarlas para estar seguro. Cuando comprobó que una se le había perdido, cayó en la cuenta de que la que se le había perdido era, precisamente, la oveja que tenía una pata coja...

Ya había caído la noche y comenzaba a llover; de modo que el pastor se puso pensar si debía ir a buscar a la oveja perdida o si debía quedarse cuidando las noventa y nueve que estaban en el corral. Mientras tanto, la ovejita coja, iba perdiendo cada vez más el rumbo; balaba con todas sus fuerzas, pero nadie la oía; tenía miedo, porque la noche había caído y la lluvia comenzaba a dificultar el camino, que se iba llenando de barro. De pronto, la ovejita comenzó a escuchar el aullido de los lobos que presentían la presencia de una presa fácil. De modo que la ovejita comenzó a correr. Con tan mala suerte que por la carrera que llevaba, cayó en un barranco y quedó casi sumergida entre el barro.

En la casa del pastor, ya se habían apagado las luces y todos descansaban; el pastor, acostado en su cama, antes de dormirse, pensó por última vez en la ovejita perdida, pero se dijo a sí mismo: ¿Quién la manda a no andar más atenta al paso que lleva el rebaño? No es mi culpa que ella sea coja y no pueda seguir el ritmo de las demás. Seguramente mañana la encontraremos y ya está. No puedo es descuidar a las otras noventa y nueve, y menos teniendo en cuenta el aguacero que está cayendo. Ni porque fuera a buscarla, la encontraría. De modo que el pastor, se quedó dormido. La ovejita, allá en el fondo del barranco, seguía balando y trataba de salir del barro en el que había caído; cada intento por salir, era peor; se hundía más y más. Por fin sintió que el barro le entraba por el hocico y ya no pudo balar más... no podía respirar. Estaba ya muerta...

Cuando los discípulos escucharon esta historia, se quedaron aterrados de lo descarado que había sido el pastor; no podían creer que un buen pastor dejara morir así a una de sus ovejas, por más coja y enferma que estuviera. Ningún pastor, conocido por ellos se hubiera portado así. Le dijeron, entonces, a Jesús: “Eso es el colmo; un pastor que deja morir a sus ovejas y no las busque, no debe llamarse pastor...” Pero Jesús les respondió: “Pero si estaba cuidando a las demás ovejas”. Los discípulos le dijeron: “No señor, no estaba cuidando a nadie. Tenía miedo de mojarse y se quedó durmiendo en su cama”.

La historia que nos presenta hoy la liturgia, nos habla de un pastor muy distinto. Cuando Jesús vio a Zaqueo subido en un árbol, le dijo: “baja en seguida, porque hoy tengo que quedarme en tu casa. Zaqueo bajó aprisa, y con gusto recibió a Jesús”. Así como Jesús fue a comer en casa de Zaqueo, también quiere acercarse a nosotros, para ofrecernos su perdón sin condiciones. En nosotros está la posibilidad de acogerlo con el mismo gozo con el que este cobrador de impuestos lo recibió en su casa.


Un saludo cordial.

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.
Decano Académico
Facultad de Teología
Pontificia Universidad Javeriana