domingo, 17 de febrero de 2019

LA FRASE DE LA SEMANA

CORRESPONDIENTE AL EVANGELIO DE HOY PARA REFLEXIONAR TODA LA SEMANA


                              PARA VER LA HOMILÍA CLIC AQUÍ: Lc 6. 12-13, 17, 20-26

domingo, 10 de febrero de 2019

LA FRASE DE LA SEMANA

CORRESPONDIENTE AL EVANGELIO DE HOY PARA REFLEXIONAR TODA LA SEMANA

                                           
                                        PARA VER LA HOMILÍA CLIC AQUÍ: Lc 5, 1-11

sábado, 9 de febrero de 2019

“Lleva la barca a la parte honda del lago (...)”


Quinto Domingo del tiempo ordinario – Ciclo C (Lucas 5, 1-11) 10 de febrero de 2019


Hermann Rodríguez Osorio, S.J.


“En una ocasión, estando Jesús a orillas del Lago de Genesaret, se sentía apretujado por la multitud que quería oír el mensaje de Dios”. Nos reunimos hoy para celebrar la eucaristía y para orar juntos en un mundo en el que hay hambre de la Palabra de Dios. La gente quiere escuchar una palabra de esperanza, de consuelo, de ánimo. Los creyentes somos responsables de anunciar una palabra que ayude a nuestro pueblo a recuperar la confianza en ellos mismos, en los hermanos y en Dios. Hay salidas y hay luces que no podemos ocultar a la gente que se agolpa para escuchar la Palabra.

“Jesús vio dos barcas en la playa. Los pescadores habían bajado de ellas a lavar sus redes. Jesús subió a una de las barcas, que era de Simón, y le pidió que la alejara un poco de la orilla. Luego se sentó en la barca, y desde allí comenzó a enseñar a la gente”. El Señor nos pide que nos alejemos un poco de la orilla. Venimos aquí para encontrarnos con el Señor y con otros hermanos y hermanas. Necesitamos de estos momentos de silencio, de profunda oración y de encuentro fraterno para descubrir el paso de Dios por nuestra historia personal y por la historia de nuestras gentes.

“Cuando terminó de hablar, le dijo a Simón: –Lleva la barca a la parte honda del lago, y echen allí sus redes para pescar”. Aparece aquí la invitación a ir a la parte más honda de nuestra interioridad para echar allí nuestras redes. Necesitamos descubrir en la profundidad de nuestra historia los caminos de Dios. Allí tenemos que echar nuestras redes. El Señor nos invita a ir al fondo de nuestras vidas.

“Simón le contestó: –Maestro, hemos estado trabajando toda la noche sin pescar nada; pero, ya que tú lo mandas, voy a echar las redes”. La disculpa surge inmediatamente de los labios de Pedro y de nuestros propios labios. Venimos cansados; hemos estado bregando toda la noche sin pescar nada. Muchas veces, nuestra oración se hace árida y sentimos que nuestro pozo se seca. No estamos seguros de que valga la pena seguir intentando construir un mundo como el que Dios quiere. Sin embargo, Pedro se anima y confiado en la palabra del Señor, se decide. Solamente confiados en la palabra del Señor nos atrevemos a echar nuestras redes para recibir el regalo de su gracia.

“Cuando lo hicieron, recogieron tanto pescado que las redes se rompían. Entonces, hicieron señas a sus compañeros de la otra barca, para que fueran a ayudarlos. Ellos fueron, y llenaron tanto las dos barcas que les faltaba poco para hundirse”. Este texto nos revela la generosidad del Señor para con los que son generosos con Él. La pesca, que parecía un fracaso se convierte en abundancia. El pozo seco de nuestra vida espiritual, se convierte en manantial de agua viva que brota hasta vida eterna. Los esfuerzos por construir la justicia, la fraternidad y la paz, son compensados con brotes germinales del Reino, que necesitamos reconocer en medio de las sombras y las contradicciones.

“Al ver esto, Simón Pedro se puso de rodillas delante de Jesús y le dijo: –¡Apártate de mí, Señor, porque soy un pecador! Es que Simón y todo los demás estaban asustados por aquella gran pesca que habían hecho. También lo estaban Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón”. Ante la generosidad del Señor, que nos regala su gracia abundantemente y nos concede una pesca copiosa, sólo podemos reaccionar como Pedro, cayendo de rodillas ante Él, para reconocernos pecadores. Llevamos este tesoro en vasijas de barro. Es precisamente allí, en el reconocimiento de nuestra debilidad, donde aparece más claramente la fuerza de Dios.

“Pero Jesús le dijo a Simón: –No tengas miedo; desde ahora vas a pescar hombres. Entonces llevaron las barcas a tierra, lo dejaron todo y se fueron con Jesús”. El resultado final de todo este proceso, tiene que concretarse, por nuestra parte, en un gesto generoso de dejarlo todo para seguir al Señor a donde él nos quiera llevar. Acoger nuestra propia misión con la misma generosidad que nos ha mostrado el Señor a través de esta pesca abundante.


domingo, 3 de febrero de 2019

LA FRASE DE LA SEMANA

CORRESPONDIENTE AL EVANGELIO DE HOY PARA REFLEXIONAR TODA LA SEMANA


PARA VER LA HOMILÍA CLIC AQUÍ: Lc 4, 21-30

sábado, 2 de febrero de 2019

“Se levantaron y echaron del pueblo a Jesús (...)”


Cuarto Domingo del tiempo ordinario – Ciclo C (Lucas 4, 21-30) 3 de febrero de 2019


Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

Dicen que una vez llegó un profeta a un pueblo y comenzó a predicar en medio de la plaza central. Al comienzo, mucha gente escuchaba con atención sus llamados a la conversión y se sentían impulsados a volverse a Dios por la voz de este profeta. Pero pasaron los días y el profeta seguía anunciando su mensaje con la misma fuerza, aunque el público había ido disminuyendo poco a poco. Cuando había pasado algo más de un mes, el profeta seguía saliendo todos los días a la plaza del pueblo a predicar su mensaje, aunque todos los habitantes del pueblo estaban ocupados en otras cosas y nadie se detenía a escuchar su palabra. Por fin alguien se acercó al profeta y le preguntó por qué seguía predicando si nadie le hacía caso. Entonces el hombre respondió: “Al principio, predicaba porque tenía la esperanza de que algunos de los habitantes de este pueblo llegaran a cambiar; esa esperanza ya la he perdido. Pero ahora sigo predicando para que ellos no me cambien a mi”.

En abierto contraste con lo que el texto de san Lucas dice al comienzo de este pasaje: “Todos hablaban bien de Jesús y estaban admirados de las cosas tan bellas que decía”, la narración da un vuelco repentino y comienza a mostrar la agresividad de la gente hacia la predicación de Jesús: “Se preguntaban: –¿No es este el hijo de José?”. Tanto que Jesús mismo toma la iniciativa y expresa las reservas que el pueblo tiene frente a su palabra: “Seguramente ustedes me dirán este refrán: ‘Médico, cúrate a ti mismo’. Y además me dirán: ‘lo que oímos que hiciste en Cafarnaúm, hazlo también aquí en tu propia tierra’. Y siguió diciendo: –Les aseguro que ningún profeta es bien recibido en su propia tierra”. Después, hizo referencia a dos casos muy conocidos en el Antiguo Testamento en los que aparece una preferencia de parte de Dios por manifestarse a los hijos de pueblos distintos a Israel: El primer caso es el de Elías, que fue enviado a una viuda de Sarepta, cerca de la ciudad de Sidón, es decir, territorio extranjero (1 Reyes 17, 1-24); y el segundo caso es del profeta Eliseo, que no curó a ningún leproso israelita, habiendo tantos en su tiempo, sino a Naamán, el sirio, también un extranjero (2 Reyes 5, 1-19).

Esto provocó una reacción violenta de la población que estaba reunida en la sinagoga para el culto de los sábados. “Al oír esto, todos los que estaban en la sinagoga se enojaron mucho. Se levantaron y echaron del pueblo a Jesús, llevándolo a lo alto del monte sobre el cual el pueblo estaba construido, para arrojarlo abajo desde allí. Pero Jesús pasó por en medio de ellos y se fue”. Desde luego, eso de que ‘pasó por en medio de ellos’ no debió ser como cuando le hacen una calle de honor al obispo que llega a un pueblo perdido de nuestra geografía. Sencillamente, no dejó que lo arrojaran por el barranco abajo y, seguramente, sacudiéndose el polvo de sus pies, se fue del pueblo, como más tarde enseñó a sus discípulos: “Y si en algún pueblo no los quieren recibir, salgan de él y sacúdanse el polvo de los pies, para que les sirva a ellos de advertencia” (Lucas 9, 5).

Como Jesús, nosotros también tenemos el peligro de ser rechazados por predicar lo que nos propone el evangelio. Pero no podemos claudicar frente al rechazo. Como el profeta con el que comenzábamos, habrá que seguir anunciando el perdón, el amor y la paz, aunque todos nos vuelvan la espalda. Si no es para que los demás cambien, por lo menos para que ellos y sus costumbres, no terminen por cambiarnos a nosotros.