domingo, 21 de abril de 2019

LA FRASE DE LA SEMANA

CORRESPONDIENTE AL EVANGELIO DE HOY PARA REFLEXIONAR TODA LA SEMANA


PARA VER LA HOMILÍA CLIC AQUÍ: Jn 20, 1-9

domingo, 14 de abril de 2019

LA FRASE DE LA SEMANA

CORRESPONDIENTE AL EVANGELIO DE HOY PARA REFLEXIONAR TODA LA SEMANA


PARA VER LA HOMILÍA CLIC AQUÍ: Lc 22:14-23:56

“Y salió Pedro de allí y lloró amargamente”


Domingo de Ramos – Ciclo C (Lucas22, 14; 23, 56) – 14 de abril de 2019

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

“En el Evangelio de Lucas leemos lo siguiente: ‘Le dijo Pedro: «¡Hombre, no sé de qué hablas!». Y en aquel momento, estando aún hablando, cantó un gallo, y el Señor se volvió y miró a Pedro... Y Pedro, saliendo fuera, rompió a llorar amargamente”.

Yo he tenido unas relaciones bastante buenas con el Señor. Le pedía cosas, conversaba con El, cantaba sus alabanzas, le daba gracias... Pero siempre tuve la incómoda sensación de que El deseaba que le mirara a los ojos..., cosa que yo no hacía. Yo le hablaba, pero desviaba la mirada cuando sentía que El me estaba mirando. Yo miraba siempre a otra parte. Y sabía por qué: tenía miedo. Pensaba que en sus ojos iba a encontrar una mirada de reproche por algún pecado del que no me hubiera arrepentido. Pensaba que en sus ojos iba a descubrir una exigencia; que había algo que El deseaba de mí. Al fin, un día, reuní el suficiente valor y miré. No había en sus ojos reproche ni exigencia. Sus ojos se limitaban a decir: «Te quiero». Me quedé mirando fijamente durante largo tiempo. Y allí seguía el mismo mensaje: «Te quiero». Y, al igual que Pedro, salí fuera y lloré”.

Esta reflexión que nos presenta el famoso jesuita Anthony de Mello, nos invita a fijarnos en dos versículos de la pasión del Señor Jesucristo según san Lucas, que la Iglesia nos propone para el domingo de Ramos este año. Seguramente, más de una vez hemos vivido momentos como los que se describen aquí y hemos sentido la mirada del Señor que no reclama, ni pide nada... sólo nos expresa su amor incondicional. La pasión del Señor nos muestra el amor que llega hasta el extremo. No es un amor que echa en cara el sufrimiento padecido. No es un amor condicionado a nuestra respuesta. El amor con el que Jesús nos ama en su pasión es incondicional, y deja siempre abierta la invitación a trabajar con él y como él, para que no haya crucificados en este mundo. Pero es una invitación libre para personas libres, y no una imposición.

El jesuita chileno, Jorge Costadoat, S.J., envió hace un tiempo una reflexión que tituló ¿Mucha sangre y poco Cristo? En ella hace algunos comentarios sobre la película de Mel Gibson, La Pasión de Jesucristo. Afirma que “hasta el año 1000 aproximadamente, predominó en la Iglesia la teología de los padres griegos que subrayaba la importancia del don de Dios mismo en Cristo crucificado. Para colaborar en su salvación, los hombres debían creer que, al entregarse Dios en la cruz por ellos, los amaba y salvaba libre y gratuitamente. Pero desde san Anselmo en adelante, la teología latina giró en contrario: la salvación Dios la otorga gracias a la satisfacción que Cristo crucificado le ofrece en representación de quienes no pueden, siendo pecadores, reparar la ofensa de su honor divino. En lo sucesivo se desarrollaron teologías que, llevando al extremo la importancia de la entrega del hombre Jesús, terminaron por menoscabar la gratuidad del sacrificio y de la salvación cristiana”.

Tal vez hemos menoscabado la gratuidad del amor de Dios manifestado en Jesús. Por eso, cuando el Señor nos mira, sentimos su reclamo por nuestras negaciones y traiciones. Sin embargo, lo único que dicen sus ojos es lo que vio Pedro en ellos: «Te quiero».


domingo, 7 de abril de 2019

LA FRASE DE LA SEMANA

CORRESPONDIENTE AL EVANGELIO DE HOY PARA REFLEXIONAR TODA LA SEMANA


                                 
                                       PARA VER LA HOMILÍA CLIC AQUÍ: Jn 8, 1-11

“Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra”


Quinto Domingo de Cuaresma – Ciclo C (Juan 8, 1-11) – 7 de abril de 2019


Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

Cuentan que una vez un sacerdote con cierta experiencia pastoral se iba de paseo un fin de semana y encargó todos los detalles al joven vicario parroquial: “–Tenga en cuenta que el sábado hay dos misas; la de seis y la de siete en la que habrá un matrimonio. El domingo recuerde tocar las campanas, aunque los vecinos se quejen. No se olvide de la misa de niños a las once. Por la tarde, deje las limosnas sobre el escritorio...” Y así, el párroco se fue tranquilo a su paseo.

Al regresar, el lunes por la tarde, recibió un completo informe de lo sucedido el fin de semana. Aparentemente, no hubo nada raro. Pero llegando al final del relato, el joven vicario dijo: “–¡Ah, se me olvidaba comentarle! Resulta que el sábado vino mucha gente al matrimonio. Llegó más gente que a la misa de las seis”. “–Hasta ahí, nada raro”, replicó el párroco. El vicario continuó: “–Pues resulta que vino una señora evangélica. Todo el mundo sabe que ella es evangélica; yo mismo la he visto entrar en un templo que hay cerca de aquí. Es muy amiga de la novia y por eso estaba allí”.   “–Hasta ahí, nada raro”, continuó el párroco, ya un poco molesto por los rodeos. “–Pues lo raro fue que en el momento de la comunión la señora se puso en la fila y yo no sabía qué hacer. Mientras iba repartiendo la comunión a los fieles, me iba preguntando interiormente: ¿qué hago, Señor? ¡Ilumíname! Cuando llegó frente a mí, lo único que se me ocurrió preguntarme fue: ¿Qué hubiera hecho Jesús en un caso como este?” Entonces, el párroco, casi gritando, dijo: “¡No me diga que hizo eso! Hoy mismo hablaré con el obispo para que lo sancione por lo que ha hecho. Habrá una ceremonia de desagravio en la que estén presentes los feligreses de la parroquia”.

No sé qué final le ha puesto cada uno de los lectores a esta historia. Propiamente, la historia no cuenta lo que hizo el vicario. Lo único que deja claro es que pensó el joven sacerdote que hubiera hecho Jesús, escandalizó al párroco. Pero ni siquiera éste supo qué hizo el vicario. Se supone que hizo lo que Jesús hubiera hecho en un caso similar. No conozco una mejor forma de explicar lo que es el discernimiento espiritual. La gente se imagina que el discernimiento es una técnica determinada para buscar la voluntad de Dios. Desde luego, hay técnicas que nos pueden ayudar a adelantar un proceso de discernimiento personal o comunitario. Pero, estrictamente hablando, estas técnicas no son el discernimiento. Por eso, prefiero decir que el discernimiento espiritual es una forma de vida que, sin mayores complicaciones, se hace cada día y ante cada situación particular y cotidiana, la pregunta del vicario parroquial: ¿Qué hubiera hecho Jesús en un caso como este? Y no sólo se hace la pregunta, sino que acierta en la respuesta y la realiza sin titubeos. Si nos hemos impregnado de la manera de obrar de Jesús, no debería ser tan complicado saber cómo obraría él en una determinada situación. Lo complicado, normalmente, no es saber qué haría el Señor. Lo difícil es hacerlo... Sobre todo, porque las consecuencias para la propia vida son impredecibles, como fue impredecible la reacción del párroco de la historia, que se escandalizó, no de lo que hizo el vicario, sino de lo que él mismo pensó que hubiera hecho Jesús ante una situación como esa...

La escena que nos presenta el evangelio de san Juan este domingo también debió escandalizar a más de uno en su momento. Incluso hoy, no faltará quien piense que Jesús se pasó de bueno, porque una cosa es tener misericordia y otra dejar pasar estos pecados tan monumentales sin una sanción ejemplar para todos los creyentes. Jesús no condena a una mujer sorprendida en flagrante adulterio. Una persona sensata, con criterios morales, no habría tenido la menor duda de que a esta mujer había que apedrearla, como lo mandaba la ley de Moisés. Pero Jesús no dejará nunca de sorprendernos con su bendita forma de pensar y sobre todo con su más bendita forma de actuar. Lo primero es salvar a la persona humana... a cada ser humano en particular. Y este es el criterio fundamental para discernir su voluntad hoy. Ese fue el criterio del vicario de la historia, y ese debería ser el criterio que nos guíe hoy en nuestros propios discernimientos.


domingo, 31 de marzo de 2019

LA FRASE DE LA SEMANA

CORRESPONDIENTE AL EVANGELIO DE HOY PARA REFLEXIONAR TODA LA SEMANA


PARA VER LA HOMILÍA CLIC AQUÍ: Lc 15, 1-3, 11-32

sábado, 30 de marzo de 2019

“Así que se puso en camino y regresó a la casa de su padre”

Cuarto Domingo de Cuaresma – Ciclo C (Lucas 15, 1-3.11-32) – 31 de marzo de 2019


Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

El P. Ignacio Rosero, quien murió hace algunos años en Bucaramanga, fue un jesuita pastuso que trabajó muchos años en una parroquia de Barrancabermeja; cambió el frío de San Juan de Pasto por el calor ardiente del Magdalena Medio. Un hombre con un carisma particular; sabía hablar a las multitudes y orientarlas para que pudieran tener todos un encuentro cercano con el Señor. Fui a colaborar con él varias veces durante mi formación y siempre me impactó la profundidad de sus palabras y la experiencia de Dios que transmitía en sus eucaristías. Recuerdo cómo dirigía la procesión del Via Crucis a través de una emisora de radio, sin necesidad de moverse del despacho parroquial. Conocía de tal manera el recorrido y los incidentes del camino doloroso de su pueblo barranqueño, que podía adivinar lo que iba pasando en la procesión, aunque lo que tuviera delante fuera solamente un micrófono y su escritorio revuelto de papeles.

Todos los sacerdotes, las religiosas, los religiosos, el mismo Papa y los obispos, hacen cada año una semana de Ejercicios Espirituales. Muchos laicos y laicas también suelen hacer anualmente esta experiencia espiritual. Algunos los hacemos según la metodología creada por san Ignacio de Loyola; otros buscan otros métodos. Lo que se pretende, en último término, es renovar la experiencia de Dios que fundamenta la vida de fe del creyente.

Desde luego el P. Rosero también hacía sus Ejercicios Espirituales anualmente. Una vez le oí decir que había hecho la experiencia cambiando un poco el método. Se había venido para Bogotá y había ido a vivir al Colegio Mayor de san Bartolomé, en el centro de la ciudad. Dejó de celebrar la eucaristía durante ocho días, dejó la oración, el rezo del Oficio Divino y se dedicó ocho días a pasear por el centro, a caminar por los alrededores del colegio; fue a cine, visitó familias amigas... Él mismo contaba que al final de esos ocho días tenía un hambre de Dios muy grande y que pudo regresar a su parroquia en Barrancabermeja, completamente renovado y lleno de Dios. Es decir, hizo los Ejercicios Espirituales por nostalgia de Dios.

No quisiera comparar al P. Rosero con el hijo pródigo, pero sí me llama la atención que esta parábola, que cuenta Jesús a los fariseos y maestros de la ley que criticaban su cercanía a los pecadores, tiene como característica que el hijo descarriado vuelve a casa, precisamente, porque en la distancia, siente nostalgia de la vida junto a su padre: “Al fin se puso a pensar: ‘¡Cuántos trabajadores en la casa de mi padre tienen comida de sobra, mientras yo aquí me muero de hambre! Regresaré a casa de mi padre, y le diré: Padre mío, he pecado contra el Dios y contra ti; ya no merezco llamarme tu hijo; trátame como a uno de tus trabajadores’. Así que se puso en camino y regresó a la casa de su padre”.


Al llegar a la casa y escuchar la música, el hijo mayor sintió envidia y celos por la fiesta que había organizado su papá: “Pero tanto se enojó el hermano mayor, que no quería entrar, así que su padre tuvo que salir a rogarle que lo hiciera”. Volver a casa por la nostalgia de la vida junto al padre, es lo que motivó al hijo pródigo a regresar. Muchas veces también nosotros nos renovamos interiormente porque sentimos el hastío de una vida alejada de Dios. El camino que escogió el P. Rosero, ese año por lo menos, fue el mismo. No deberíamos sentir envidia de los que hacen así el camino de regreso a la casa de Dios, sino alegrarnos porque también este puede ser nuestro camino.

domingo, 24 de marzo de 2019

LA FRASE DE LA SEMANA

CORRESPONDIENTE AL EVANGELIO DE HOY PARA REFLEXIONAR TODA LA SEMANA


PA R AVER LA HOMILÍA CLIC AQUÍ; Lc, 13, 1-9

“Señor, déjala todavía este año...”

Tercer Domingo de Cuaresma – Ciclo C (Lucas 13, 1-9) – 24 de marzo de 2019 

  
Hermann Rodríguez Osorio, S..J. 
  
Un hombre se fue a jugar cartas un viernes santo y perdió todo lo que tenía; volvió triste a su casa y le contó a su mujer lo que le había pasado. La mujer le dijo: «Eso te pasa por jugar en viernes santo; ¿no sabes que es pecado jugar en viernes santo? ¡Dios te castigó y bien merecido que lo tienes!» El hombre se volvió hacia su señora y con aire desafiante le dijo: «Y qué piensas tu, que el que me ganó jugó en lunes de pascua, ¿o qué?» 
  
Generalmente no vemos las cosas como son, sino que vemos lo que suponemos que debemos ver. Estamos llenos de prejuicios y aplicamos nuestros esquemas para leer la realidad. Es imposible desprenderse totalmente de los prejuicios, pero por lo menos vale la pena estar atentos frente a ellos. La historia con la que comenzamos revela un prejuicio religioso, pero, así como éste, hay miles de prejuicios políticos, raciales, culturales... Un prejuicio muy extendido es el que supone que detrás de lo que nos pasa está Dios castigándonos o premiándonos por nuestro comportamiento moral. ¿Quién no ha pensado alguna vez que lo que le ha pasado, bueno o malo, tenía que ver con algún comportamiento suyo anterior? Dios no anda por ahí castigando y premiando a la gente. No podemos echarle la culpa a Dios de todos los males ni pensar que nos está premiando por portarnos bien. 
Hace varios años en el atentado en el que fue asesinado el líder de izquierda José Antequera, Ernesto Samper también cayó gravemente herido. Samper comentaba, un tiempo después que, aunque pasó varias semanas al borde de la muerte, siempre supo que no podía morir así; que el que era un hombre creyente y pacífico, sabía que Dios no lo dejaría morir violentamente. A los pocos días salió un artículo de la esposa del periodista Guillermo Cano, director del periódico El Espectador, y que fue asesinado unos meses antes por sus críticas a las mafias del narcotráfico. La señora le preguntaba al futuro presidente Samper: «Si lo que usted dice es cierto, entonces mi esposo, que murió asesinado violentamente, ¿era un hombre violento que merecía esa muerte?» No se diga nada sobre lo que se podría interpretar con respecto a la muerte de José Antequera, líder de izquierda, en el mismo atentado... 
Y así podríamos poner muchos otros ejemplos: los que se salvan de la muerte al caer un avión y atribuyen el milagro a la medallita que llevaban o a la oración que hicieron; y los otros que llevaban la medallita y rezaron también su oración, ¿qué? El caso más claro es el mismo Jesús; el hombre más bueno que ha producido la tierra; el hombre más santo, el hombre que vivió fielmente según la voluntad de Dios, ¿por qué murió como murió? Murió solo, abandonado de sus amigos, sintiéndose abandonado del mismo Dios... 
Esto es lo que Jesús quiere explicarle a sus discípulos: “¿Piensan ustedes que esto les pasó a esos hombres de Galilea por ser más pecadores que los otros de su país? Les digo que no; y si ustedes no se vuelven a Dios, también morirán. ¿O creen que aquellos dieciocho que murieron cuando la torre de Siloé les cayó encima eran más culpables que los otros que vivían en Jerusalén? Les digo que no; y si ustedes mismos no se vuelve a Dios también morirán”. Cuando nos va mal no es porque hayamos jugado cartas en viernes santo; y cuando nos va bien no es porque hayamos jugado en lunes de Pascua. Lo que nos pasa es siempre una llamada para volvernos a Dios... De eso se trata la Cuaresma… 

sábado, 16 de marzo de 2019

“(...) vieron la gloria de Jesús”

Segundo Domingo de Cuaresma – Ciclo C (Lucas 9, 28b-36) – 17 de marzo de 2019



Hermann Rodríguez Osorio, S..J.

Julio Alberto Arango, cuando era decano del Medio Universitario de la Facultad de Ciencias de la Universidad Javeriana, me decía que la expresión Yo soy el que soy, con la que se identifica Yahvé ante Moisés al enviarlo a liberar a su pueblo de la esclavitud de Egipto (Cfr. Éxodo 3, 14), debería traducirse mejor como Yo soy el que seré. Esta posición también es defendida por algunos estudiosos de la Biblia actualmente. Se trata de una definición menos estática y, por tanto, más acorde con el Dios peregrino que hizo el camino del desierto con su pueblo y que sigue caminando hoy junto a nosotros.

La expresión Yo soy el que seré es un intento por expresar la dinámica de un Dios que nos promete que no descansará hasta ser nuestro Dios y hasta que nosotros seamos su pueblo (Cfr. Éxodo 6,7). Dicho de otra manera, como lo expresa Ira Progoff en una poesía: “Como el roble está latente en el fondo de la bellota, la plenitud de la personalidad humana, la totalidad de sus posibilidades creadoras y espirituales está latente en el fondo del ser humano incompleto que espera, en silencio, la posibilidad de aflorar”.

Cuando una institución humana se plantea su visión, desde la perspectiva de lo que se conoce como el Direccionamiento estratégico, está formulando su deseo de hacer el camino presente, desde el sueño del futuro. Otra expresión de esta realidad que estoy tratando de comunicar, es el título de uno de los libros y de una poesía de Benjamín González Buelta, S.J.: La utopía ya está en lo germinal. El final ya está presente al comienzo del camino. Cuando damos el primer paso, como Abraham, ya llevamos a cuestas la tierra prometida hacia la que nos mueve la promesa:


Esperaré a que crezca el árbol
y me dé sombra.
Pero abonaré la espera
con mis hojas secas.

Esperaré a que brote
el manantial
y me dé agua.
Pero despejaré mi cauce
de memorias enlodadas.

Esperaré a que apunte
la aurora
y me ilumine.
Pero sacudiré mi noche
de postraciones y sudarios.

Esperaré que llegue
lo que no sé
y me sorprenda.

Pero vaciaré mi casa
de todo lo conquistado.
Y al abonar el árbol,
despejar el cauce,
sacudir la noche
y vaciar la casa,
la tierra y el lamento
se abrirán a la esperanza.

Benjamín González Buelta, S.J.

Esto, precisamente, es lo que presenta san Lucas en el relato de la transfiguración, al comienzo de nuestro tiempo de Cuaresma. Nos está señalando el final de nuestro camino, hacia el que vamos en compañía de Jesús. Como el Dios peregrino que marchó con el pueblo de Israel, nosotros no sólo somos lo que fuimos en el pasado, o lo que somos en el presente, sino que también somos ya lo que seremos en el futuro. Somos ya el sueño de Dios realizándose en esta historia concreta. Permitamos que Dios nos cree y nos salve, como es claramente su voluntad para nosotros hoy, dejando aflorar todas las posibilidades creadoras y espirituales que están latentes en el fondo silencioso de nuestra finitud. Esto es vivir auténticamente el tiempo de Cuaresma.